Disney World Resort y la proximidad de la soledad

“Al Disney Hollywood Studios”, le dije a Josh, mi chofer haitiano en Orlando, con toda la seriedad posible de falsear cuando te propones pasar el resto del día rodeado de niños con sombreros de ratón. “¿Hollywood Studios? ¡Pero mejor vaya a Magic Kingdom!”, me dijo, aleteando en el aire como si tratara de empujarme una revelación a los oídos. Y así comenzó el último round de una discusión que llevaba un par de meses y que me incluyo a mí, a mi niño interior, a una montonera de amigos, a no pocas personas de las redes sociales y probablemente a un par de borrachos anónimos en un bar igualmente incógnito. Es que ir a Disney no es ni la mitad de fácil de lo que me imaginaba.
Muchos crecimos con un sinfín de programas que nos invitaban a vacacionar a la flamante ciudad de Mickey, donde podíamos ver a todo el reparto de clásicos como Fantasía, La Bella y la Bestia, Pinocho y El Rey León (inexplicablemente, estrellas importantísimas en mi imaginario -como Los Aristogatos- no aparecían por ningún lado). La gracia era que, además, nos mostraban musicales, shows acuáticos con amistosas ballenas asesinas y -lo más impresionante- una montonera de atracciones enfocadas a darte golpes en el estómago y hacerte gritar con el terror irracional de que vas a morir siendo devorado por un dragón con cobertura de plástico.
Sí, hasta ahí todo bien. Pero lo que uno tiende a no escuchar es que el World Disney World Resort, en Orlando, cuenta con cuatro parques temáticos, dos parques acuáticos y una cantidad absurda de hoteles de lujo repartidos en una zona de 8 mil hectáreas. Y no, no están cerca uno del otro. Lo que ahora me hace entender por qué los tipos siempre han intentado venderte el paquete completo de vacaciones: ir por sólo un día e intentar ver todo es una tarea que sólo puede estar inspirada por la ignorancia o la locura.
Entonces, el asunto que me intrigó desde que decidí ocupar uno de mis días libres en Orlando en Disney era, ¿a cuál parque tengo que ir? Las opciones eran Epcot Center, descartado de plano por ser demasiado educativo y enfocado a niños; Animal Kingdom, que tiene el importante valor agregado de contar con la atracción de Jurassic Park, una de mis películas favoritas; Hollywood Studios, que cuenta con juegos tan memorables como la caída en picada del ascensor de La Dimensión Desconocida y el viaje espacial hiperrealista de Star Wars: Star Tours, y Magic Kingdom, una suerte de capital dentro del propio Disney, donde está el castillo de La Cenicienta, que noche a noche es iluminado por una Campanita mágica que da paso al carnaval.
-No puede decir que fue a Disney si no pasa por Magic Kingdom- dice Josh.
-Pero usted lo está viendo como si fuera un niño- le argumento-. Hollywood Studios tiene más acción... ¿quizás debería ir a Magic Kingdom? -contrapregunto ya dudoso.
-O a Sea World.
-No me haga esto más difícil. ¿Usted los conoce todos?
-Pero ya no me acuerdo de ninguno. ¿Magic Kingdom es ese del show gigante con agua y lasers?
-¡Fantasmic! Ese es Hollywood Studios, Josh.
-Ah, entonces, sí lo llevo a Hollywood. Pero cuando vuelva, vea Sea World; nunca entendí cómo lo hacían para caminar en el agua esos delfines.
Cuando por fin convencí a Josh de que en algún momento de mi vida visitaría Sea World, y luego de intentar explicarle cómo funcionaban los lasers, y darme cuenta de que yo tampoco lo entendía muy bien, llegué a un Hollywood Studio que ya se veía atestado de gente aún cuando eran las nueve de la mañana y las puertas recién se habían abierto.
Ahí me di cuenta de un detalle: a mi alrededor corrían familias tomadas de las manos, niños por montones felices y rozagantes que peleaban con sus hermanos por entrar antes que ellos, decenas de abuelos o señoras gordas en sillas de ruedas motorizadas andando en círculos a mi alrededor con sus camisas floreadas al viento y su indiferencia congénitinundando mi horizonte. Yo era la única persona sola en todo el jodido parque de diversiones.
Fue ahí cuando lo vi, como salido para salvarme de un facilista guión primerizo, sin más expresión que la que le permitía la inmovilidad del tiempo, y la templanza detallista obsesiva de Walt Disney: un monumento a Mickey y a sus ayudantes en el Aprendiz de Mago.

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Y mientras me tragaba las irracionales lágrimas inspiradas en quién sabe qué recuerdo de infancia, mientras me veía enfrentado a la insufrible y absoluta dimensión del espacio, y me reconocía solo, ahí, parado frente a unos arbustos cortados con la forma de un ratón disfrazado de hechicero, mientras esquivaba las miradas burlonas de los niños rubios y las carreras desaforadas de los ancianos, lo supe. En ese momento tuve la certeza de que no importaba un carajo estar solo en Disney y que de hecho podía ser una experiencia mucho más entretenida que tener que lidiar con niños correteando o ancianos deshidratados.
Ahí también recordé a mi amiga Tere que me había recomendado probar unos Long Island Ice Tea apenas entrara al parque, así es que me dispuse a vivir la mágica experiencia del parque con el sombrero de mago más grande que alguna vez me va a tocar ver... espero.

 

*Fotografías: Disney Hollywood Studios y Christopher Holloway.


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